Bueno, gente, he pensado hacer varias historias de amores que matan, como bien dice el título. La idea nació después de leer "Amores que Matan" de Lucía Laragione, así que ahora le hago mi tributo a esa gran escritora xD
Disfruten de la lectura.
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Como dos Gotas de Agua
Corría. Solo eso recordaba. Que corría como si el mañana se hubiese ido. Como si detrás de ella anduviese el diablo, persiguiéndola, atosigándola, pinchándola con su gran tridente.
Anduvo sola por las calles parisinas, muerta de miedo, frío, y muerta de hambre. Se refugió en un callejón. Oscuro, tétrico. De esos que a uno le ponen el pelo de punta.
Era la época de los Curantismos. ¿Ella? Acusada de bruja. Si no, no huiría de la manera en que lo hace. Alemania. Toda Alemania. El padre Krishten le dijo que huyera lo antes posible, por medio de un ayudante muy joven que había en la parroquia. Llevaba semanas huyendo. Sin alimentarse, comiendo solo lo que podía robar de un restaurante. Solo lo que podía conseguirse.
Su vida era ahora un calvario.
Se abrazó a sus rodillas mientras lloraba. Furiosa, apretó los dientes. Triste, enterró la frente en las rodillas, juntas, medio peladas y sangrantes. Se había caído muchas veces. Los inquisidores estaban en todo el mundo. Invadían todos y cada uno de los países.
Se sentía mal. Había dejado todo por huir. Pero no quería ser torturada. Sabía lo que le hacía a las "brujas". Les cortaban el pelo, les echaban alcohol. Y luego sin piedad alguna, les ponían un fósforo en la cabeza. El cabello se les quemaba hasta las raíces.
Y el tornillo. Pondrían los dedos gordos de sus pies y de sus manos y los machacarían. Y la jaula. La pondrían a secar. La purificarían con agua hirviendo. Y luego, la ejecución. Quemada. Moriría en dolor.
Se le erizó el bello de la nuca. Rompió en sollozos ahogados. Estaba vestida de harapos. Estaba al borde de la hipotermia. Apenas se movía. Apenas respiraba.
Y en ese doloroso sopor, se fue yendo. Hasta quedar rendida, tendida en el suelo helado y mojado del callejón. La lluvia caía a cántaros.
Janine supo que ese día moriría.
En Italia se contaban historias de los Inquisidores. James Blacke sabía que todo eso era verdad, y procuraba andarse con cuidado. No ofender a ningún vecino. No decir nada a nadie. Hablar menos que una piedra. Quedarse quieto. No ofender a nada ni nadie. Ir a la iglesia como lo dictaban Jakob Münzer y Bryan Kensher. Así como ellos lo exigían.
Él ya no amaba a dios. Por sobre todas las cosas, él odiaba todo lo que tuviera que ver con la iglesia. Huiría. Se iría. Desaparecería de Italia. De Roma. Y así lo hizo.
No supo muy bien que día se fue. Pero fueron solo días para llegar a París. Lo llevó alguien desconocido. Alguien que le prometió la vida. Él aceptó.
Llovía cuando llegó. Hacía un frío de horrores. Él sabía lo que era pasar frío. Con el bolso en mano comenzó a caminar. Al pasar por un callejón miró dentro. Oscuro como boca de lobo.
Asustado siguió su camino, hasta que oyó una tos.
Se volvió. Entró a la oscuridad, y llamando vehementemente, una voz débil y dolorida le respondió.
Él le prestó su ayuda.
Johannes Blacke esperaba. Sentado en la mesa con la cena servida. Aquel día, su hermano James llegaría de su país natal, Italia. Se cruzó de brazos. Se limitó a esperar.
Él era matemático. Un hereje, por que la ciencia estaba en contra de dios. Él lo sabía. Pero ahora odiaba, al igual que James, todo lo relacionado con Dios. Dios tenía la culpa.
Y se regodeó en ella.
Sabía que en cualquier momento su hermano llegaría y no comería hasta que él no llegara. Masticando, cruzó los dedos por encima de la mesa. Tenía 24 años. Era joven, fuerte. Estaba en su apogeo de adultez. Era capaz de todo.
No supo el peso de sus pensamientos hasta que un muchacho rubio de ojos azules golpeó a su puerta.
Cargaba en sus brazos a una muchacha lánguida, increíblemente flaca, casi azul del frío. Ambos goteaban. La muchacha moría de hipotermia.
— ¡James, por lo que más quieras!—exclamó, levantándose de repente, botando la silla hacia atrás—. ¡Pero, ¿Qué has hecho?!
— ¡Johan, se muere!—respondió el menor—. Está casi muerta de frío, hay que ayudarla.
Era obvio que la ayudarían. Que no la dejarían morir.
Era un día de verano. Habían pasado cinco meses desde que Janine había llegado a sus vidas. Y, como buenos hermanos, compartieron los mismos gustos. La muchacha era simplemente hermosa. Como si fuera un ángel. Era amable. Totalmente angelical. Nada había de malo en ella.
Excepto que ambos la amaban. Pero eso no era de ella.
La mañana de aquel día, refugiados los tres de la inquisición, se les ocurrió hacer una pequeña cena. Todos comieron, bebieron. Se divirtieron.
Y como troncos durmieron. O eso creía James.
En el cuarto de Johansson, se desataba una pasional situación, imposible de detener.
Al día siguiente, otra cena. El otro hermano.
Y al día siguiente, preguntas.
— ¿Janine, dónde dormiste anoche?—preguntó Johan, mientras daba un sorbo a su lecha. La muchacha, miró de reojo a James, que hizo como si no oyera nada.
—En mi cuarto, Johan—respondió, haciéndose la perpleja.
Él la miró inquisitivamente. No pareció creerle en lo absoluto. Repitió la misma pregunta, pero con otras palabras:
—Es extraño. Anoche vi tu habitación y no estabas. ¿De veras dormiste allí?
—De hecho—admitió—. No dormí ahí. Salí.
—Ah.
Los días pasaron. Las cosas empeoraron, hasta que un día, mientras que Janine no estaba en su cuarto, los hermanos discutieron.
Se pelearon hasta el límite. Límite que fue traspasado por Johansson al enterrar una y otra vez un cuchillo en el pecho de su hermano menor. Éste, manchado en sangre, cayó muerto al suelo.
Johan se dejó caer al lado del cuerpo de su hermano, y, con el cuchillo aún en la mano, comenzó a balancearse una y otra vez, hacia adelante y atrás.
Janine estaba sedienta. Ella no era humana. Todos creían que sí. Pero ella no. Era un vampiro. Acusada de bruja, siendo vampiro. Que ironía, se decía a menudo. Es una locura que me crea bruja, se repetía.
Ese día llegó donde sus víctimas favoritas. Ambas a su merced, y entró con paso liviano a la casa.
No había ni el más mínimo ruido.
Haciéndose la inocente, recorrió la casa, llamando a voces a James y Johan. Lo que halló en su habitación de veras la horrorizó.
Johan se mecía, cubierto en sangre, hacia adelante y atrás, con la cara escondida en las manos. James yacía tirado en el suelo, con los ojos abiertos de horror, con una expresión de sorpresa y miedo en la cara que le puso los bellos de punta hasta a Janine.
Johan la miró, y comenzó a reír. Y, tomando el cuchillo, trató de apuñalarla. Ella como era obvio, no se dejó, y desapareció de la habitación.
Semanas luego, una ladrona entró a casa de los hermanos. El olor a cadáver inundaba el lugar, por lo que sintió náuseas. Caminando entre las ruinas (Ya que había habido un terremoto), encontró dos cadáveres. La sangre seca en el suelo aún olía a sal, y los gusanos se asomaban por las cuencas vacías de los dos cadáveres.
Uno parecía haber sido apuñalado, y el otro, no tenía manos. Dos manos estaban frente a él, y se las cortó quién sabe cómo. Gritó.



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