Peter y Bella.
Esta historia tiene como protagonistas a la gente de las antiguas comarcas. Por allá por esos años en que aún existía la pena de muerte por la ahorca. Por allá por esos pueblitos pequeños, donde había una muchacha que siempre leía, que siempre cantaba.
Bella era una joven de apenas 15 años. Era muy querida en la comarca, pero era diferente a ella en todo sentido. Tímida, callada, vivaz. Inteligente, observadora.
Bella vivía con Charlotte, su ama de llaves y su padre, el Ministro Bowen, un hombre recto, cerrado y muy estricto que la limitaba.
Por eso Bella era tan solitaria.
Un día, soleado como ninguno, mientras leía uno de sus tantos libros, pasó una muchacha prendada del brazo de un muchacho que parecía no querer estar cerca de ella.
El muchacho era alto, fuerte, de blanca piel, negro cabello y ojos azules. Con el corazón latiendo a cien por hora, la pequeña Bella siguió con la vista al lindo muchacho, que parecía querer desaparecer.
Asustada de sí misma por el impresionante sentimiento, decidió callar y olvidar al muchacho. Pero por más que lo intentaba, más clara aparecía la imagen en su mente.
Semanas más tarde Bella descubrió que el apuesto muchacho llevaba de nombre Peter, y que, como regalo a sus padres (señores de la comarca) se había quedado a vivir en ese pueblito rutinario. Y, como en todas partes, no todo es miel sobre hojuelas, por que Peter hacía lo posible por desaparecer.
Al igual que Bella, Peter era un muchacho solitario.
En una escapada de casa, libro en mano y canasta de panes en la otra, Bella desapareció entre un muro de arbustos, y reapareció al otro lado, cubierta de hojas y ramitas que limpió con sus manos. Al lugar donde siempre se escapaba, lo llamaba “El río de los Mil Cristales”.
Era un río enorme, rodeado por árboles, que kilómetros más allá se uní al mar mediterráneo. Y en esa escapada a aquel hermoso lugar cubierto de hierba y flanqueado por árboles, es que divisó a un muchacho de cabello negro, ojos azules y piel blanca.
El corazón de Bella se aceleró, y, cómo un vendaval, se acercó a él, que miraba taciturno las aguas. Estaba sentado sobre una roca con la cabeza apoyada en la mano.
Lo observó largo rato. El muchacho dormitaba, hasta que, con las manos temblando, la muchacha decidió acercársele.
Con suavidad tocó su hombro, y el muchacho, sobresaltado, la miro.
Asombrada de tal injusta belleza, Bella enmudeció. El muchacho, sorprendido por la hermosura de ella, calló también. Supieron en ese momento que eran el uno para el otro.
Muchos meses pasaron en que Bella y Peter fueron novios en contra de todas las voluntades habidas y por haber. En contra de los padres de Peter, ya que ellos eran corruptos y eran enemigos del Ministro Bowen, y viceversa. Pero ellos eran Romeo y Julieta, que uniría a dos familias enemigas.
Siempre juntos, se los veía felices. Separados, siempre tristes. Un día en una fiesta, la muchacha y él decidieron escapar. ¡Ya nada más de mandoneos! Ellos serían felices como querían.
Lo que no sabían, es que muchas muchachas estaban prendadas de Peter. Ese tono suyo frío, esa sensación de vértigo que les provocaba a todas y cada una, era indescriptible.
Marie Stiffen, enemiga a muerte de Bella, tramaba su plan.
Marie se sentó en un tronco tirado. Comenzó a esperar a Peter, que siempre iba allí. Y no tardó en llegar. Al verla se detuvo en seco.
— ¿Qué haces aquí?—preguntó molesto.
Ella, como si nada, le respondió.
—Paseo, Peter.
Él la miró ceñudo pero lo pasó por alto. No quería que se viera nada raro. Así que lejano, conversó con ella.
Prendada como estaba, Marie solo pensaba en que hablaba con él. Y cómo no, claro, sí él era un dios en persona. Tiempo después, cuando el sol ya caía dando paso a la noche, Peter dijo:
—Lamento tener que dejarte—cortesía, por supuesto—. Pero tengo que ver a Bella y me debe estar esperando.
Herida, enojada, con sed de venganza, ella asintió fingiendo una sonrisa. Planeaba su venganza contra ella. Con Bella, la linda hija del ministro. Si ella no lo tenía, no lo tendría nadie.
Esa noche, Marie fue al monte, a esperar a una anciana. Arrugada como una pasa, de dientes amarillos y ojos desteñidos, encorvada y de voz ronca casi como si estuviera graznando, la mujer habló desde la sombra de un oscuro roble.
—Ven mañana. Estará listo tu pedido.
Satisfecha, Marie se fue.
Bella y Peter lo tenían todo planeado. Esa noche ellos desaparecerían. Sin dejar rastro, partirían a una comarca nueva, dónde nadie los conociera. Donde pudieran ser felices.
La última fiesta a la que asistieron juntos, era en la casa de Marie. Bella, sin darse cuenta de que ella la odiaba, le aceptó de buena gana un vaso de licor de menta, que en verdad era un veneno poderoso disfrazado. En cuánto la pequeña Bella lo bebió, cayó fulminada en brazos de Peter.
Éste, destrozado, pidió ayuda. Buscó con la mirada a quién le había dado el vaso. Pero Marie, regodeándose de su cometido.
Semanas luego, Peter seguía igual de taciturno. Su amor de la vida había muerto, y con ella, el deseo de formar una familia. La muerte de la hermosa y pequeña Bella había sido un golpe para la comarca completa, para Charlotte, que destrozada, lloraba sobre la tumba de su niña, y para el ministro, que duro como piedra, aguantaba las lágrimas.
Y él. Él se había quedado solo. Sin el amor de su Bella. De su amada Bella.
Y entre la agonía… decidió suicidarse.
Estaba todo listo. Aquella noche iría al barranco “El Ahorcado” donde aún colgaba de una rama, un esqueleto de un criminal ahorcado.
Marie lo observaba noche y día. Esperaba, aguardaba para darle el filtro que lo haría suyo. El pago monetario había sido enorme, pero lo valía. Y cuándo vio al muchacho levantarse, se acercó, y con todo su cinismo, dijo:
—Lamento la muerte de Bella—dijo—. Sé lo que quieres hacer y lo comprendo. Ten esto—le dio una botella con un líquido azul—. Terminará más rápido y sin dolor.
Él le agradeció con la mirada, y con paso lento, se perdió entre la gente.
Una sonrisa se dibuja en los labios de Marie cuando le ve empinar la botella en medio de la calle. Sin caerse, sin darse cuenta, el muchacho siente que ya no es el mismo, y se da la vuelta. Toma a Marie en sus brazos, y con violencia la besa.
Marie encantada le deja hacer.
Lo que no sabe, es que la vieja que le vendió todas las pócimas, era la madre de Bella, que, enojada con ella por el odio a su hija, le vende los brebajes. Por lo tanto, Bella no estaba muerta. Y el brebaje azul solo funcionaba cuándo el otro la tomaba, y moría aquel que la tomaba primero. El problema… era que Marie no lo había tomado primero como la vieja Clarise le había dicho.
Cuándo ella, imperceptiblemente se bebió el contenido de la botella, Peter cayó al suelo, muerto.
Marie gritó.
Era de noche, y el cementerio estaba oscuro. Bella despertó de un profundo sueño, y se encontró de cara a la madera del ataúd. Gritó presa de la claustrofobia, y comenzó a arañar la tapa hasta romperse las uñas. Cuando por fin logró salir, con las manos ensangrentadas, se encontró de cara al cadáver de su amado
Y al lado cadáver de Peter, estaba el cadáver desangrado de Marie. Bella gritó, y buscando cualquier cosa, encontró entre la sangre y las ropas de Marie la daga ensangrentada.
Se atravesó el pecho en ella, y cayó sobre el cuerpo de su amado.
Unidos en sangre, Bella y Peter descansaron juntos, en paz para siempre. Justo como ellos querían.
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