27/9/09

Problemas Nocturnos

Problemas Nocturnos.


Aquel día había salido de noche. Los jirones de niebla se agolpaban contra su cuerpo, y el ruido de sus botas al caminar resonaba sobre el frío asfalto de las calles londinenses. La noche era oscura, con un cielo lleno de nubes que amenazaban lluvia. Esa noche los faroles de la calle estaban encendidos, pero apenas alumbraban, y de vez en cuando las luces de éstos titilaban.

Roxanne Harris se consideraba la chica más loca del mundo. Al mirar su reloj se espantó: 00:30 PM y todavía le quedaban aproximadamente tres cuadras para llegar a casa. Si bien era adicta a salir de noche, aquel día tenía un raro presentimiento.

Removió nerviosa la bolsa del supermercado colgada en su brazo, y miró sobresaltada a su alrededor.

No seas histérica, Roxanne, no va a venir un lobo a comerte.


Así que, sobreponiéndose al frío, y frunciendo el ceño, rebuscó en la bolsa, entre los diversos artículos que había comprado. Maquillaje, cremas, chocolates y galletas dulces. Retiró el envoltorio de un chocolate, y se llevó la barra a la boca, mascando un trozo de ella.

Suspiró de placer. No había nada más irresistible para una mujer que el sabor del chocolate sobre su lengua.

Dioses, que placer.

Y mientras caminaba sin fijarse en nada, las luces de los faroles se apagaron. Sin titilar, sin dar aviso, la luz en la calle se cortó, y sintió un viento gélido recorrer la calle en donde ella estaba. Se detuvo al masticar, y miró a su alrededor, mientras tragaba la mascada de chocolate apenas sin masticar. Comenzó a sudar frío, mientras apuraba el paso. ¡Ya solo faltaba una cuadra! ¡Una, y estaría en casa viendo películas románticas hasta el otro día! ¡Una y terminaría como reina su primer día de vacaciones de Navidad!

Así que, frunció el ceño y siguió caminando.

De nuevo el viento, de nuevo se estremeció. Esta vez el viento aulló como un lobo, y de pronto todo a su alrededor cambió.

Los faroles y los postes de luz, los basureros y asientos, las veredas dieron paso a la tierra, los árboles, las hojas secas, un cielo nublado con luna, y una inmensa roca alargada a lo lejos, perfilada por la inmensa luna, que parecía hecha de plata, llena y espectral.

Roxanne dejó caer la bolsa con la mercadería recién comprada y quiso gritar. ¿Dónde se encontraba?, se preguntó asustada. ¿Por qué estaba ahí?, volvió a decirse.

A lo lejos vio entonces, perfilado por el inmenso satélite que alumbraba como si de un sol se tratara, un inmenso lobo de largo y brillante pelaje negro. Los ojos rojos refulgían con ferocidad, y los largos colmillos blancos parecían marfil. Aulló, de tal manera que a Roxanne se le erizó cada vello de la helada piel.

El lobo, terminó de aullar, y el viento se llevó su tétrico canto. Luego, como llamado por algún sonido, miró a Roxanne, y le mostró sus blancos colmillos, hechos para destrozar sin ningún esfuerzo. Mientras que Roxanne, miraba al lobo pegada al suelo, éste separaba las patas para dar un salto sobrenatural en el aire.

Se lanzó sobre ella, y un par de patas negras se posaron con fuerza sobre sus hombros y la hicieron caer sobre las hojas secas y las ramas en el suelo. Un gruñido resonante con un eco terrorífico le sonó delante de la cara, y el lobo negro fijó sus inmensos ojos rojos en los suyos, taladrándolos.

La muchacha quiso gritar.

— ¿Quién eres?—le espetó el inmenso animal, cerrando sus peligrosas fauces cerca de su cara—. ¿De donde vienes? ¡Este no es lugar para husmear niña!

La chica estaba estupefacta. ¡El lobo le hablaba, y por si fuera poco la acribillaba a preguntas! ¡Las cuáles ella no sabía!

Tragó saliva, mientras miraba al lobo boquiabierta. Los blancos y largos colmillos se cerraban cada vez más cerca de su cara, y el corazón le martilleaba dentro dl pecho, haciéndole doler, temiendo que fueran a estallarle las costillas.

— ¡Responde humana!—exclamó el lobo, mientras un gruñido gutural le rasgaba la garganta.

— ¡Quítate de encima!—le dijo la muchacha, mientras que, con fuerza sobrehumana se quitaba al lobo de encima.

El animal sorprendido no opuso ni las más mínima resistencia. La mujer se irguió limpiándose los pantalones y la chaqueta con gesto de enojo, mientras lo miraba con rabia.

El lob, que había quedado tirado de costado, se puso de pie como sus patas, peludas y enormes tuviera resortes en ellas. Gruñó de nuevo, pero esta vez la muchacha no se asustó. Siguió parada en el mismo sitio, con la misma actitud desafiante, el ceño fruncido, las piernas algo abiertas, asegurándose de que el suelo estaba debajo de sus pies, y los ojos, castaños, cargados de ira.

— ¡¿Quién demonios te crees?! ¡¿Leonardo Di Caprio?! ¡Vete lobo! ¡Déjame en paz!

De inmediato el lobo se repuso, mientras que ella avanzaba hacia él. El Licántropo gruñó más fuerte, mientras que ella seguía avanzando. Murmurando insultos e improperios, la muchacha pasó de él, que se volteó, y la miró sorprendido.

Se agachó y cogió la bolsa, con gesto de violencia. Volvió a sacar el chocolate y se lo echó la boca, molesta.

De inmediato, como si la mascada al alimento fuera un aviso, la tierra tembló, y unas líneas rojas la surcaron. Luego, fuego salió de las grietas, y la muchacha cambió su expresión de desafío por sorpresa. Cayó de espaldas, sentada, mirando a la enorme criatura que salía de las entrañas de la tierra rugiendo, y mostrando unos colmillos amarillos de treinta centímetros de largo.

El rugido le perforó los oídos a Roxanne, mientras que el Licántropo se aseguro de que sus patas tocaban siempre suelo, gruñendo y mirando a la bestia con ojos entornados y refulgentes en odio.

— ¡Vaya, pero miren lo que tenemos aquí!—dijo una grave voz, mientras la piel negra del inmenso Dragón brillaba a la luz de la luna llena—. ¡Una humana en estos sitios! ¿Qué haces aquí, indefensa humana?

Si no le respondí al perro, ¿Crees que te diré a ti, lagartija súper desarrollada?

— Si no me contesta a mí, Marvak, ¿Crees que te responderá a ti?—dijo el Lycan, con tono socarrón y burlón.

El dragón abrió sus inmensos ojos amarillos, llenos de hambre. Los inmensos globos oculares del animal brillaron con malicia, y luego dijo, con tono de tristeza mal fingida:

— ¡Fenrir, viejo amigo! ¿Así me tratas después de tantos años?—luego rió burlón—. Pensaba cenarme a tu amiguita primero, pero dicen que la carne de Licántropo es un manjar digno de los dioses. ¿Tú que dices?

El lobo gruñó.

—Aléjate de la humana—le dijo molesto, mientras le gruñía.

— ¡Mi viejo amigo se ha enamorado!—rió—. Pero buen... si quieres… Primero me la ceno a ella.

Soltó luego una risa malvada que hizo temblar la tierra. Recién Roxanne miraba atentamente el inmenso animal.

Era de piel negra, con inmensas escamas que brillaban con un brillo espectral. Los dientes eran larguísimos y amarillos, y los ojos eran ámbar. La pupila alargada en el centro le daba aspecto de asesino, junto con los pinchos que tenía en la cola, y las púas que tenía en la quijada.

Unos cuernos estilizados que seguían la forma de la cabeza, completaban la forma aguzada del cuerpo del animal, que agitaba las inmensas alas de cuero. Las articulaciones se estiraron, dándole aspecto de murciélago, y luego volvieron a encogerse.

Tomó con su mano, helada y de garras largas y afiladas el menudo cuerpo de Roxanne, riendo como barítono. La muchacha golpeaba la dura piel logrando nada más herirse las manos.

— ¡Suéltame, maldita higuana súper desarrollada!—le gritaba—. ¡Maldito reptil! ¡Fenómeno con alas!—exclamaba, mientras se retorcía, enojada—. ¡Déjame ya, fenómeno jurásico!

Fenrir gruñó. Ella no estaba en su sano juicio. ¿Quién, en su “sano juicio”, le diría “lagartija súper desarrollada” a Marvak?

Levantó el labio superior unos centímetros, mostrándole sus colmillos de plata a la oscuridad. Luego, comenzó a correr, mirando fijamente su objetivo. Aulló, y saltó a una roca inmensa, y de ahí, a la mano de Marvak, quién abrió sus ojos inmensos y ambarinos, sorprendido. Fenrir cayó justamente en su antebrazo, y abrió las fauces, luego las cerró alrededor de una parte de la muñeca del inmenso Dragón.

Éste gruñó, mientras golpeaba con su cola con pinchos el suelo. Abrió la mano, y dejó caer a Roxanne, que miró sorprendida el suelo, y un momento después gritó.

Fenrir saltó de la mano de Marvak, hacia abajo, y tomó a la muchacha del cuello de la chaqueta. Frenó su caída, clavando las largas garras en el tronco de un árbol, y de ahí se impulsó al suelo, dejando a la muchacha sentada, y en estado de shock.

Fenrir gruñó a Marvak, que fruncía el ceño y abría y cerraba la mano, furioso. Rugió, perforándole los tímpanos a Roxanne, que se tapó los oídos asustada.

El Lycan a su vez, aulló, sobreponiéndose al rugió del animal, y saltó de nuevo, esta vez directo a su cuello.

Apretó las mandíbulas alrededor del cuello de la bestia, que aulló como un animal herido, y Fenrir se impulso con las cuatro patas hacia atrás. Su cuerpo brilló, y cuando calló al suelo, era un muchacho de unos 20 años, cabello negro, piel blanca, y ojos rojos. Vestía ropas de piel y cuero.

Tomó la mano de Roxanne, y la obligó a correr.

— ¡Vamos, demonios! ¡Corre!—le dijo, mientras salía corriendo a toda velocidad lo más lejos de Marvak posible.

La muchacha, aún estupefacta, comenzó a seguir al muchacho, que corría endemoniadamente rápido. El cabello negro y medianamente largo le volaba detrás del cráneo, y su respiración agitada resonaba.

A lo lejos, se oyó el rugido de Marvak, el Dragón Tenebroso, al reconocer su derrota.

La tierra tembló, y la inmensa silueta brillante del dragón negro desapareció bajo la tierra.

30 minutos después, cuando ya ella no soportaba correr más, Fenrir se detuvo.

Ella lo miró sorprendida, y luego miró hacia el frente. Un inmenso arco antiguo, de esos que parecían de las catedrales, de mármol y con dibujos en bajorrelieve de lunas y soles, brillaba tenuemente. Ella miró al cielo, que en el horizonte tenía una línea amarillenta. Amanecía.

—Vienes del mundo humano, ¿No?—dijo Fenrir, mientras la apuntaba al arco. Se volteó y la miró. Entornó sus ojos rojos, y luego sonrió de medio lado—. Por aquí puedes regresar a casa.

Ella asintió, y avanzó al arco. Por el sitio donde uno pasaba, se veía como una tela. Ella volteó.

—Dime tu nombre—pidió ella, con una sonrisa.

Él enarcó una ceja.

—Fenrir Clarckson—respondió, con tono indiferente—. Ahora dime el tuyo.

—Roxanne Harris—respondió la muchacha, antes de voltearse y pasar por el arco.

El muchacho sonrió. Luego se volteó, saltó, y cayó transformado al suelo.

—Bueno, hice mi buena acción de hoy.

— ¡Diablos, se me ha quedado la bolsa allá!—dijo Roxanne, luego de darse cuenta de que la bolsa no estaba. Cuando volteó, vio las ancas negras alejarse corriendo. Sonrió.

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