22/10/09

Amores que Matan [Capítulo 2: Peter y Bella]

Peter y Bella.



Esta historia tiene como protagonistas a la gente de las antiguas comarcas. Por allá por esos años en que aún existía la pena de muerte por la ahorca. Por allá por esos pueblitos pequeños, donde había una muchacha que siempre leía, que siempre cantaba.


Bella era una joven de apenas 15 años. Era muy querida en la comarca, pero era diferente a ella en todo sentido. Tímida, callada, vivaz. Inteligente, observadora.


Bella vivía con Charlotte, su ama de llaves y su padre, el Ministro Bowen, un hombre recto, cerrado y muy estricto que la limitaba.


Por eso Bella era tan solitaria.


Un día, soleado como ninguno, mientras leía uno de sus tantos libros, pasó una muchacha prendada del brazo de un muchacho que parecía no querer estar cerca de ella.


El muchacho era alto, fuerte, de blanca piel, negro cabello y ojos azules. Con el corazón latiendo a cien por hora, la pequeña Bella siguió con la vista al lindo muchacho, que parecía querer desaparecer.


Asustada de sí misma por el impresionante sentimiento, decidió callar y olvidar al muchacho. Pero por más que lo intentaba, más clara aparecía la imagen en su mente.


Semanas más tarde Bella descubrió que el apuesto muchacho llevaba de nombre Peter, y que, como regalo a sus padres (señores de la comarca) se había quedado a vivir en ese pueblito rutinario. Y, como en todas partes, no todo es miel sobre hojuelas, por que Peter hacía lo posible por desaparecer.


Al igual que Bella, Peter era un muchacho solitario.


En una escapada de casa, libro en mano y canasta de panes en la otra, Bella desapareció entre un muro de arbustos, y reapareció al otro lado, cubierta de hojas y ramitas que limpió con sus manos. Al lugar donde siempre se escapaba, lo llamaba “El río de los Mil Cristales”.


Era un río enorme, rodeado por árboles, que kilómetros más allá se uní al mar mediterráneo. Y en esa escapada a aquel hermoso lugar cubierto de hierba y flanqueado por árboles, es que divisó a un muchacho de cabello negro, ojos azules y piel blanca.


El corazón de Bella se aceleró, y, cómo un vendaval, se acercó a él, que miraba taciturno las aguas. Estaba sentado sobre una roca con la cabeza apoyada en la mano.


Lo observó largo rato. El muchacho dormitaba, hasta que, con las manos temblando, la muchacha decidió acercársele.


Con suavidad tocó su hombro, y el muchacho, sobresaltado, la miro.


Asombrada de tal injusta belleza, Bella enmudeció. El muchacho, sorprendido por la hermosura de ella, calló también. Supieron en ese momento que eran el uno para el otro.


Muchos meses pasaron en que Bella y Peter fueron novios en contra de todas las voluntades habidas y por haber. En contra de los padres de Peter, ya que ellos eran corruptos y eran enemigos del Ministro Bowen, y viceversa. Pero ellos eran Romeo y Julieta, que uniría a dos familias enemigas.


Siempre juntos, se los veía felices. Separados, siempre tristes. Un día en una fiesta, la muchacha y él decidieron escapar. ¡Ya nada más de mandoneos! Ellos serían felices como querían.


Lo que no sabían, es que muchas muchachas estaban prendadas de Peter. Ese tono suyo frío, esa sensación de vértigo que les provocaba a todas y cada una, era indescriptible.


Marie Stiffen, enemiga a muerte de Bella, tramaba su plan.


Marie se sentó en un tronco tirado. Comenzó a esperar a Peter, que siempre iba allí. Y no tardó en llegar. Al verla se detuvo en seco.


— ¿Qué haces aquí?—preguntó molesto.


Ella, como si nada, le respondió.


—Paseo, Peter.


Él la miró ceñudo pero lo pasó por alto. No quería que se viera nada raro. Así que lejano, conversó con ella.


Prendada como estaba, Marie solo pensaba en que hablaba con él. Y cómo no, claro, sí él era un dios en persona. Tiempo después, cuando el sol ya caía dando paso a la noche, Peter dijo:


—Lamento tener que dejarte—cortesía, por supuesto—. Pero tengo que ver a Bella y me debe estar esperando.


Herida, enojada, con sed de venganza, ella asintió fingiendo una sonrisa. Planeaba su venganza contra ella. Con Bella, la linda hija del ministro. Si ella no lo tenía, no lo tendría nadie.




Esa noche, Marie fue al monte, a esperar a una anciana. Arrugada como una pasa, de dientes amarillos y ojos desteñidos, encorvada y de voz ronca casi como si estuviera graznando, la mujer habló desde la sombra de un oscuro roble.


—Ven mañana. Estará listo tu pedido.


Satisfecha, Marie se fue.




Bella y Peter lo tenían todo planeado. Esa noche ellos desaparecerían. Sin dejar rastro, partirían a una comarca nueva, dónde nadie los conociera. Donde pudieran ser felices.


La última fiesta a la que asistieron juntos, era en la casa de Marie. Bella, sin darse cuenta de que ella la odiaba, le aceptó de buena gana un vaso de licor de menta, que en verdad era un veneno poderoso disfrazado. En cuánto la pequeña Bella lo bebió, cayó fulminada en brazos de Peter.


Éste, destrozado, pidió ayuda. Buscó con la mirada a quién le había dado el vaso. Pero Marie, regodeándose de su cometido.


Semanas luego, Peter seguía igual de taciturno. Su amor de la vida había muerto, y con ella, el deseo de formar una familia. La muerte de la hermosa y pequeña Bella había sido un golpe para la comarca completa, para Charlotte, que destrozada, lloraba sobre la tumba de su niña, y para el ministro, que duro como piedra, aguantaba las lágrimas.


Y él. Él se había quedado solo. Sin el amor de su Bella. De su amada Bella.


Y entre la agonía… decidió suicidarse.


Estaba todo listo. Aquella noche iría al barranco “El Ahorcado” donde aún colgaba de una rama, un esqueleto de un criminal ahorcado.


Marie lo observaba noche y día. Esperaba, aguardaba para darle el filtro que lo haría suyo. El pago monetario había sido enorme, pero lo valía. Y cuándo vio al muchacho levantarse, se acercó, y con todo su cinismo, dijo:


—Lamento la muerte de Bella—dijo—. Sé lo que quieres hacer y lo comprendo. Ten esto—le dio una botella con un líquido azul—. Terminará más rápido y sin dolor.


Él le agradeció con la mirada, y con paso lento, se perdió entre la gente.


Una sonrisa se dibuja en los labios de Marie cuando le ve empinar la botella en medio de la calle. Sin caerse, sin darse cuenta, el muchacho siente que ya no es el mismo, y se da la vuelta. Toma a Marie en sus brazos, y con violencia la besa.


Marie encantada le deja hacer.


Lo que no sabe, es que la vieja que le vendió todas las pócimas, era la madre de Bella, que, enojada con ella por el odio a su hija, le vende los brebajes. Por lo tanto, Bella no estaba muerta. Y el brebaje azul solo funcionaba cuándo el otro la tomaba, y moría aquel que la tomaba primero. El problema… era que Marie no lo había tomado primero como la vieja Clarise le había dicho.


Cuándo ella, imperceptiblemente se bebió el contenido de la botella, Peter cayó al suelo, muerto.


Marie gritó.




Era de noche, y el cementerio estaba oscuro. Bella despertó de un profundo sueño, y se encontró de cara a la madera del ataúd. Gritó presa de la claustrofobia, y comenzó a arañar la tapa hasta romperse las uñas. Cuando por fin logró salir, con las manos ensangrentadas, se encontró de cara al cadáver de su amado


Y al lado cadáver de Peter, estaba el cadáver desangrado de Marie. Bella gritó, y buscando cualquier cosa, encontró entre la sangre y las ropas de Marie la daga ensangrentada.


Se atravesó el pecho en ella, y cayó sobre el cuerpo de su amado.


Unidos en sangre, Bella y Peter descansaron juntos, en paz para siempre. Justo como ellos querían.



__________________________



Link Primer Capítulo:



Como dos Gotas de Agua.

21/10/09

Amores que Matan [Capítulo 1: Como dos gotas de Agua]

Bueno, gente, he pensado hacer varias historias de amores que matan, como bien dice el título. La idea nació después de leer "Amores que Matan" de Lucía Laragione, así que ahora le hago mi tributo a esa gran escritora xD

Disfruten de la lectura.

_____________________________________________

Como dos Gotas de Agua

Corría. Solo eso recordaba. Que corría como si el mañana se hubiese ido. Como si detrás de ella anduviese el diablo, persiguiéndola, atosigándola, pinchándola con su gran tridente.


Anduvo sola por las calles parisinas, muerta de miedo, frío, y muerta de hambre. Se refugió en un callejón. Oscuro, tétrico. De esos que a uno le ponen el pelo de punta.


Era la época de los Curantismos. ¿Ella? Acusada de bruja. Si no, no huiría de la manera en que lo hace. Alemania. Toda Alemania. El padre Krishten le dijo que huyera lo antes posible, por medio de un ayudante muy joven que había en la parroquia. Llevaba semanas huyendo. Sin alimentarse, comiendo solo lo que podía robar de un restaurante. Solo lo que podía conseguirse.


Su vida era ahora un calvario.


Se abrazó a sus rodillas mientras lloraba. Furiosa, apretó los dientes. Triste, enterró la frente en las rodillas, juntas, medio peladas y sangrantes. Se había caído muchas veces. Los inquisidores estaban en todo el mundo. Invadían todos y cada uno de los países.


Se sentía mal. Había dejado todo por huir. Pero no quería ser torturada. Sabía lo que le hacía a las "brujas". Les cortaban el pelo, les echaban alcohol. Y luego sin piedad alguna, les ponían un fósforo en la cabeza. El cabello se les quemaba hasta las raíces.


Y el tornillo. Pondrían los dedos gordos de sus pies y de sus manos y los machacarían. Y la jaula. La pondrían a secar. La purificarían con agua hirviendo. Y luego, la ejecución. Quemada. Moriría en dolor.


Se le erizó el bello de la nuca. Rompió en sollozos ahogados. Estaba vestida de harapos. Estaba al borde de la hipotermia. Apenas se movía. Apenas respiraba.


Y en ese doloroso sopor, se fue yendo. Hasta quedar rendida, tendida en el suelo helado y mojado del callejón. La lluvia caía a cántaros.


Janine supo que ese día moriría.




En Italia se contaban historias de los Inquisidores. James Blacke sabía que todo eso era verdad, y procuraba andarse con cuidado. No ofender a ningún vecino. No decir nada a nadie. Hablar menos que una piedra. Quedarse quieto. No ofender a nada ni nadie. Ir a la iglesia como lo dictaban Jakob Münzer y Bryan Kensher. Así como ellos lo exigían.


Él ya no amaba a dios. Por sobre todas las cosas, él odiaba todo lo que tuviera que ver con la iglesia. Huiría. Se iría. Desaparecería de Italia. De Roma. Y así lo hizo.


No supo muy bien que día se fue. Pero fueron solo días para llegar a París. Lo llevó alguien desconocido. Alguien que le prometió la vida. Él aceptó.


Llovía cuando llegó. Hacía un frío de horrores. Él sabía lo que era pasar frío. Con el bolso en mano comenzó a caminar. Al pasar por un callejón miró dentro. Oscuro como boca de lobo.


Asustado siguió su camino, hasta que oyó una tos.


Se volvió. Entró a la oscuridad, y llamando vehementemente, una voz débil y dolorida le respondió.


Él le prestó su ayuda.




Johannes Blacke esperaba. Sentado en la mesa con la cena servida. Aquel día, su hermano James llegaría de su país natal, Italia. Se cruzó de brazos. Se limitó a esperar.


Él era matemático. Un hereje, por que la ciencia estaba en contra de dios. Él lo sabía. Pero ahora odiaba, al igual que James, todo lo relacionado con Dios. Dios tenía la culpa.


Y se regodeó en ella.



Sabía que en cualquier momento su hermano llegaría y no comería hasta que él no llegara. Masticando, cruzó los dedos por encima de la mesa. Tenía 24 años. Era joven, fuerte. Estaba en su apogeo de adultez. Era capaz de todo.


No supo el peso de sus pensamientos hasta que un muchacho rubio de ojos azules golpeó a su puerta.


Cargaba en sus brazos a una muchacha lánguida, increíblemente flaca, casi azul del frío. Ambos goteaban. La muchacha moría de hipotermia.


— ¡James, por lo que más quieras!—exclamó, levantándose de repente, botando la silla hacia atrás—. ¡Pero, ¿Qué has hecho?!


— ¡Johan, se muere!—respondió el menor—. Está casi muerta de frío, hay que ayudarla.


Era obvio que la ayudarían. Que no la dejarían morir.




Era un día de verano. Habían pasado cinco meses desde que Janine había llegado a sus vidas. Y, como buenos hermanos, compartieron los mismos gustos. La muchacha era simplemente hermosa. Como si fuera un ángel. Era amable. Totalmente angelical. Nada había de malo en ella.


Excepto que ambos la amaban. Pero eso no era de ella.


La mañana de aquel día, refugiados los tres de la inquisición, se les ocurrió hacer una pequeña cena. Todos comieron, bebieron. Se divirtieron.


Y como troncos durmieron. O eso creía James.


En el cuarto de Johansson, se desataba una pasional situación, imposible de detener.


Al día siguiente, otra cena. El otro hermano.


Y al día siguiente, preguntas.


— ¿Janine, dónde dormiste anoche?—preguntó Johan, mientras daba un sorbo a su lecha. La muchacha, miró de reojo a James, que hizo como si no oyera nada.


—En mi cuarto, Johan—respondió, haciéndose la perpleja.


Él la miró inquisitivamente. No pareció creerle en lo absoluto. Repitió la misma pregunta, pero con otras palabras:


—Es extraño. Anoche vi tu habitación y no estabas. ¿De veras dormiste allí?


—De hecho—admitió—. No dormí ahí. Salí.


—Ah.


Los días pasaron. Las cosas empeoraron, hasta que un día, mientras que Janine no estaba en su cuarto, los hermanos discutieron.


Se pelearon hasta el límite. Límite que fue traspasado por Johansson al enterrar una y otra vez un cuchillo en el pecho de su hermano menor. Éste, manchado en sangre, cayó muerto al suelo.


Johan se dejó caer al lado del cuerpo de su hermano, y, con el cuchillo aún en la mano, comenzó a balancearse una y otra vez, hacia adelante y atrás.


Janine estaba sedienta. Ella no era humana. Todos creían que sí. Pero ella no. Era un vampiro. Acusada de bruja, siendo vampiro. Que ironía, se decía a menudo. Es una locura que me crea bruja, se repetía.


Ese día llegó donde sus víctimas favoritas. Ambas a su merced, y entró con paso liviano a la casa.


No había ni el más mínimo ruido.


Haciéndose la inocente, recorrió la casa, llamando a voces a James y Johan. Lo que halló en su habitación de veras la horrorizó.


Johan se mecía, cubierto en sangre, hacia adelante y atrás, con la cara escondida en las manos. James yacía tirado en el suelo, con los ojos abiertos de horror, con una expresión de sorpresa y miedo en la cara que le puso los bellos de punta hasta a Janine.


Johan la miró, y comenzó a reír. Y, tomando el cuchillo, trató de apuñalarla. Ella como era obvio, no se dejó, y desapareció de la habitación.




Semanas luego, una ladrona entró a casa de los hermanos. El olor a cadáver inundaba el lugar, por lo que sintió náuseas. Caminando entre las ruinas (Ya que había habido un terremoto), encontró dos cadáveres. La sangre seca en el suelo aún olía a sal, y los gusanos se asomaban por las cuencas vacías de los dos cadáveres.


Uno parecía haber sido apuñalado, y el otro, no tenía manos. Dos manos estaban frente a él, y se las cortó quién sabe cómo. Gritó.