22/10/09

Amores que Matan [Capítulo 2: Peter y Bella]

Peter y Bella.



Esta historia tiene como protagonistas a la gente de las antiguas comarcas. Por allá por esos años en que aún existía la pena de muerte por la ahorca. Por allá por esos pueblitos pequeños, donde había una muchacha que siempre leía, que siempre cantaba.


Bella era una joven de apenas 15 años. Era muy querida en la comarca, pero era diferente a ella en todo sentido. Tímida, callada, vivaz. Inteligente, observadora.


Bella vivía con Charlotte, su ama de llaves y su padre, el Ministro Bowen, un hombre recto, cerrado y muy estricto que la limitaba.


Por eso Bella era tan solitaria.


Un día, soleado como ninguno, mientras leía uno de sus tantos libros, pasó una muchacha prendada del brazo de un muchacho que parecía no querer estar cerca de ella.


El muchacho era alto, fuerte, de blanca piel, negro cabello y ojos azules. Con el corazón latiendo a cien por hora, la pequeña Bella siguió con la vista al lindo muchacho, que parecía querer desaparecer.


Asustada de sí misma por el impresionante sentimiento, decidió callar y olvidar al muchacho. Pero por más que lo intentaba, más clara aparecía la imagen en su mente.


Semanas más tarde Bella descubrió que el apuesto muchacho llevaba de nombre Peter, y que, como regalo a sus padres (señores de la comarca) se había quedado a vivir en ese pueblito rutinario. Y, como en todas partes, no todo es miel sobre hojuelas, por que Peter hacía lo posible por desaparecer.


Al igual que Bella, Peter era un muchacho solitario.


En una escapada de casa, libro en mano y canasta de panes en la otra, Bella desapareció entre un muro de arbustos, y reapareció al otro lado, cubierta de hojas y ramitas que limpió con sus manos. Al lugar donde siempre se escapaba, lo llamaba “El río de los Mil Cristales”.


Era un río enorme, rodeado por árboles, que kilómetros más allá se uní al mar mediterráneo. Y en esa escapada a aquel hermoso lugar cubierto de hierba y flanqueado por árboles, es que divisó a un muchacho de cabello negro, ojos azules y piel blanca.


El corazón de Bella se aceleró, y, cómo un vendaval, se acercó a él, que miraba taciturno las aguas. Estaba sentado sobre una roca con la cabeza apoyada en la mano.


Lo observó largo rato. El muchacho dormitaba, hasta que, con las manos temblando, la muchacha decidió acercársele.


Con suavidad tocó su hombro, y el muchacho, sobresaltado, la miro.


Asombrada de tal injusta belleza, Bella enmudeció. El muchacho, sorprendido por la hermosura de ella, calló también. Supieron en ese momento que eran el uno para el otro.


Muchos meses pasaron en que Bella y Peter fueron novios en contra de todas las voluntades habidas y por haber. En contra de los padres de Peter, ya que ellos eran corruptos y eran enemigos del Ministro Bowen, y viceversa. Pero ellos eran Romeo y Julieta, que uniría a dos familias enemigas.


Siempre juntos, se los veía felices. Separados, siempre tristes. Un día en una fiesta, la muchacha y él decidieron escapar. ¡Ya nada más de mandoneos! Ellos serían felices como querían.


Lo que no sabían, es que muchas muchachas estaban prendadas de Peter. Ese tono suyo frío, esa sensación de vértigo que les provocaba a todas y cada una, era indescriptible.


Marie Stiffen, enemiga a muerte de Bella, tramaba su plan.


Marie se sentó en un tronco tirado. Comenzó a esperar a Peter, que siempre iba allí. Y no tardó en llegar. Al verla se detuvo en seco.


— ¿Qué haces aquí?—preguntó molesto.


Ella, como si nada, le respondió.


—Paseo, Peter.


Él la miró ceñudo pero lo pasó por alto. No quería que se viera nada raro. Así que lejano, conversó con ella.


Prendada como estaba, Marie solo pensaba en que hablaba con él. Y cómo no, claro, sí él era un dios en persona. Tiempo después, cuando el sol ya caía dando paso a la noche, Peter dijo:


—Lamento tener que dejarte—cortesía, por supuesto—. Pero tengo que ver a Bella y me debe estar esperando.


Herida, enojada, con sed de venganza, ella asintió fingiendo una sonrisa. Planeaba su venganza contra ella. Con Bella, la linda hija del ministro. Si ella no lo tenía, no lo tendría nadie.




Esa noche, Marie fue al monte, a esperar a una anciana. Arrugada como una pasa, de dientes amarillos y ojos desteñidos, encorvada y de voz ronca casi como si estuviera graznando, la mujer habló desde la sombra de un oscuro roble.


—Ven mañana. Estará listo tu pedido.


Satisfecha, Marie se fue.




Bella y Peter lo tenían todo planeado. Esa noche ellos desaparecerían. Sin dejar rastro, partirían a una comarca nueva, dónde nadie los conociera. Donde pudieran ser felices.


La última fiesta a la que asistieron juntos, era en la casa de Marie. Bella, sin darse cuenta de que ella la odiaba, le aceptó de buena gana un vaso de licor de menta, que en verdad era un veneno poderoso disfrazado. En cuánto la pequeña Bella lo bebió, cayó fulminada en brazos de Peter.


Éste, destrozado, pidió ayuda. Buscó con la mirada a quién le había dado el vaso. Pero Marie, regodeándose de su cometido.


Semanas luego, Peter seguía igual de taciturno. Su amor de la vida había muerto, y con ella, el deseo de formar una familia. La muerte de la hermosa y pequeña Bella había sido un golpe para la comarca completa, para Charlotte, que destrozada, lloraba sobre la tumba de su niña, y para el ministro, que duro como piedra, aguantaba las lágrimas.


Y él. Él se había quedado solo. Sin el amor de su Bella. De su amada Bella.


Y entre la agonía… decidió suicidarse.


Estaba todo listo. Aquella noche iría al barranco “El Ahorcado” donde aún colgaba de una rama, un esqueleto de un criminal ahorcado.


Marie lo observaba noche y día. Esperaba, aguardaba para darle el filtro que lo haría suyo. El pago monetario había sido enorme, pero lo valía. Y cuándo vio al muchacho levantarse, se acercó, y con todo su cinismo, dijo:


—Lamento la muerte de Bella—dijo—. Sé lo que quieres hacer y lo comprendo. Ten esto—le dio una botella con un líquido azul—. Terminará más rápido y sin dolor.


Él le agradeció con la mirada, y con paso lento, se perdió entre la gente.


Una sonrisa se dibuja en los labios de Marie cuando le ve empinar la botella en medio de la calle. Sin caerse, sin darse cuenta, el muchacho siente que ya no es el mismo, y se da la vuelta. Toma a Marie en sus brazos, y con violencia la besa.


Marie encantada le deja hacer.


Lo que no sabe, es que la vieja que le vendió todas las pócimas, era la madre de Bella, que, enojada con ella por el odio a su hija, le vende los brebajes. Por lo tanto, Bella no estaba muerta. Y el brebaje azul solo funcionaba cuándo el otro la tomaba, y moría aquel que la tomaba primero. El problema… era que Marie no lo había tomado primero como la vieja Clarise le había dicho.


Cuándo ella, imperceptiblemente se bebió el contenido de la botella, Peter cayó al suelo, muerto.


Marie gritó.




Era de noche, y el cementerio estaba oscuro. Bella despertó de un profundo sueño, y se encontró de cara a la madera del ataúd. Gritó presa de la claustrofobia, y comenzó a arañar la tapa hasta romperse las uñas. Cuando por fin logró salir, con las manos ensangrentadas, se encontró de cara al cadáver de su amado


Y al lado cadáver de Peter, estaba el cadáver desangrado de Marie. Bella gritó, y buscando cualquier cosa, encontró entre la sangre y las ropas de Marie la daga ensangrentada.


Se atravesó el pecho en ella, y cayó sobre el cuerpo de su amado.


Unidos en sangre, Bella y Peter descansaron juntos, en paz para siempre. Justo como ellos querían.



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Link Primer Capítulo:



Como dos Gotas de Agua.

21/10/09

Amores que Matan [Capítulo 1: Como dos gotas de Agua]

Bueno, gente, he pensado hacer varias historias de amores que matan, como bien dice el título. La idea nació después de leer "Amores que Matan" de Lucía Laragione, así que ahora le hago mi tributo a esa gran escritora xD

Disfruten de la lectura.

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Como dos Gotas de Agua

Corría. Solo eso recordaba. Que corría como si el mañana se hubiese ido. Como si detrás de ella anduviese el diablo, persiguiéndola, atosigándola, pinchándola con su gran tridente.


Anduvo sola por las calles parisinas, muerta de miedo, frío, y muerta de hambre. Se refugió en un callejón. Oscuro, tétrico. De esos que a uno le ponen el pelo de punta.


Era la época de los Curantismos. ¿Ella? Acusada de bruja. Si no, no huiría de la manera en que lo hace. Alemania. Toda Alemania. El padre Krishten le dijo que huyera lo antes posible, por medio de un ayudante muy joven que había en la parroquia. Llevaba semanas huyendo. Sin alimentarse, comiendo solo lo que podía robar de un restaurante. Solo lo que podía conseguirse.


Su vida era ahora un calvario.


Se abrazó a sus rodillas mientras lloraba. Furiosa, apretó los dientes. Triste, enterró la frente en las rodillas, juntas, medio peladas y sangrantes. Se había caído muchas veces. Los inquisidores estaban en todo el mundo. Invadían todos y cada uno de los países.


Se sentía mal. Había dejado todo por huir. Pero no quería ser torturada. Sabía lo que le hacía a las "brujas". Les cortaban el pelo, les echaban alcohol. Y luego sin piedad alguna, les ponían un fósforo en la cabeza. El cabello se les quemaba hasta las raíces.


Y el tornillo. Pondrían los dedos gordos de sus pies y de sus manos y los machacarían. Y la jaula. La pondrían a secar. La purificarían con agua hirviendo. Y luego, la ejecución. Quemada. Moriría en dolor.


Se le erizó el bello de la nuca. Rompió en sollozos ahogados. Estaba vestida de harapos. Estaba al borde de la hipotermia. Apenas se movía. Apenas respiraba.


Y en ese doloroso sopor, se fue yendo. Hasta quedar rendida, tendida en el suelo helado y mojado del callejón. La lluvia caía a cántaros.


Janine supo que ese día moriría.




En Italia se contaban historias de los Inquisidores. James Blacke sabía que todo eso era verdad, y procuraba andarse con cuidado. No ofender a ningún vecino. No decir nada a nadie. Hablar menos que una piedra. Quedarse quieto. No ofender a nada ni nadie. Ir a la iglesia como lo dictaban Jakob Münzer y Bryan Kensher. Así como ellos lo exigían.


Él ya no amaba a dios. Por sobre todas las cosas, él odiaba todo lo que tuviera que ver con la iglesia. Huiría. Se iría. Desaparecería de Italia. De Roma. Y así lo hizo.


No supo muy bien que día se fue. Pero fueron solo días para llegar a París. Lo llevó alguien desconocido. Alguien que le prometió la vida. Él aceptó.


Llovía cuando llegó. Hacía un frío de horrores. Él sabía lo que era pasar frío. Con el bolso en mano comenzó a caminar. Al pasar por un callejón miró dentro. Oscuro como boca de lobo.


Asustado siguió su camino, hasta que oyó una tos.


Se volvió. Entró a la oscuridad, y llamando vehementemente, una voz débil y dolorida le respondió.


Él le prestó su ayuda.




Johannes Blacke esperaba. Sentado en la mesa con la cena servida. Aquel día, su hermano James llegaría de su país natal, Italia. Se cruzó de brazos. Se limitó a esperar.


Él era matemático. Un hereje, por que la ciencia estaba en contra de dios. Él lo sabía. Pero ahora odiaba, al igual que James, todo lo relacionado con Dios. Dios tenía la culpa.


Y se regodeó en ella.



Sabía que en cualquier momento su hermano llegaría y no comería hasta que él no llegara. Masticando, cruzó los dedos por encima de la mesa. Tenía 24 años. Era joven, fuerte. Estaba en su apogeo de adultez. Era capaz de todo.


No supo el peso de sus pensamientos hasta que un muchacho rubio de ojos azules golpeó a su puerta.


Cargaba en sus brazos a una muchacha lánguida, increíblemente flaca, casi azul del frío. Ambos goteaban. La muchacha moría de hipotermia.


— ¡James, por lo que más quieras!—exclamó, levantándose de repente, botando la silla hacia atrás—. ¡Pero, ¿Qué has hecho?!


— ¡Johan, se muere!—respondió el menor—. Está casi muerta de frío, hay que ayudarla.


Era obvio que la ayudarían. Que no la dejarían morir.




Era un día de verano. Habían pasado cinco meses desde que Janine había llegado a sus vidas. Y, como buenos hermanos, compartieron los mismos gustos. La muchacha era simplemente hermosa. Como si fuera un ángel. Era amable. Totalmente angelical. Nada había de malo en ella.


Excepto que ambos la amaban. Pero eso no era de ella.


La mañana de aquel día, refugiados los tres de la inquisición, se les ocurrió hacer una pequeña cena. Todos comieron, bebieron. Se divirtieron.


Y como troncos durmieron. O eso creía James.


En el cuarto de Johansson, se desataba una pasional situación, imposible de detener.


Al día siguiente, otra cena. El otro hermano.


Y al día siguiente, preguntas.


— ¿Janine, dónde dormiste anoche?—preguntó Johan, mientras daba un sorbo a su lecha. La muchacha, miró de reojo a James, que hizo como si no oyera nada.


—En mi cuarto, Johan—respondió, haciéndose la perpleja.


Él la miró inquisitivamente. No pareció creerle en lo absoluto. Repitió la misma pregunta, pero con otras palabras:


—Es extraño. Anoche vi tu habitación y no estabas. ¿De veras dormiste allí?


—De hecho—admitió—. No dormí ahí. Salí.


—Ah.


Los días pasaron. Las cosas empeoraron, hasta que un día, mientras que Janine no estaba en su cuarto, los hermanos discutieron.


Se pelearon hasta el límite. Límite que fue traspasado por Johansson al enterrar una y otra vez un cuchillo en el pecho de su hermano menor. Éste, manchado en sangre, cayó muerto al suelo.


Johan se dejó caer al lado del cuerpo de su hermano, y, con el cuchillo aún en la mano, comenzó a balancearse una y otra vez, hacia adelante y atrás.


Janine estaba sedienta. Ella no era humana. Todos creían que sí. Pero ella no. Era un vampiro. Acusada de bruja, siendo vampiro. Que ironía, se decía a menudo. Es una locura que me crea bruja, se repetía.


Ese día llegó donde sus víctimas favoritas. Ambas a su merced, y entró con paso liviano a la casa.


No había ni el más mínimo ruido.


Haciéndose la inocente, recorrió la casa, llamando a voces a James y Johan. Lo que halló en su habitación de veras la horrorizó.


Johan se mecía, cubierto en sangre, hacia adelante y atrás, con la cara escondida en las manos. James yacía tirado en el suelo, con los ojos abiertos de horror, con una expresión de sorpresa y miedo en la cara que le puso los bellos de punta hasta a Janine.


Johan la miró, y comenzó a reír. Y, tomando el cuchillo, trató de apuñalarla. Ella como era obvio, no se dejó, y desapareció de la habitación.




Semanas luego, una ladrona entró a casa de los hermanos. El olor a cadáver inundaba el lugar, por lo que sintió náuseas. Caminando entre las ruinas (Ya que había habido un terremoto), encontró dos cadáveres. La sangre seca en el suelo aún olía a sal, y los gusanos se asomaban por las cuencas vacías de los dos cadáveres.


Uno parecía haber sido apuñalado, y el otro, no tenía manos. Dos manos estaban frente a él, y se las cortó quién sabe cómo. Gritó.

27/9/09

Problemas Nocturnos

Problemas Nocturnos.


Aquel día había salido de noche. Los jirones de niebla se agolpaban contra su cuerpo, y el ruido de sus botas al caminar resonaba sobre el frío asfalto de las calles londinenses. La noche era oscura, con un cielo lleno de nubes que amenazaban lluvia. Esa noche los faroles de la calle estaban encendidos, pero apenas alumbraban, y de vez en cuando las luces de éstos titilaban.

Roxanne Harris se consideraba la chica más loca del mundo. Al mirar su reloj se espantó: 00:30 PM y todavía le quedaban aproximadamente tres cuadras para llegar a casa. Si bien era adicta a salir de noche, aquel día tenía un raro presentimiento.

Removió nerviosa la bolsa del supermercado colgada en su brazo, y miró sobresaltada a su alrededor.

No seas histérica, Roxanne, no va a venir un lobo a comerte.


Así que, sobreponiéndose al frío, y frunciendo el ceño, rebuscó en la bolsa, entre los diversos artículos que había comprado. Maquillaje, cremas, chocolates y galletas dulces. Retiró el envoltorio de un chocolate, y se llevó la barra a la boca, mascando un trozo de ella.

Suspiró de placer. No había nada más irresistible para una mujer que el sabor del chocolate sobre su lengua.

Dioses, que placer.

Y mientras caminaba sin fijarse en nada, las luces de los faroles se apagaron. Sin titilar, sin dar aviso, la luz en la calle se cortó, y sintió un viento gélido recorrer la calle en donde ella estaba. Se detuvo al masticar, y miró a su alrededor, mientras tragaba la mascada de chocolate apenas sin masticar. Comenzó a sudar frío, mientras apuraba el paso. ¡Ya solo faltaba una cuadra! ¡Una, y estaría en casa viendo películas románticas hasta el otro día! ¡Una y terminaría como reina su primer día de vacaciones de Navidad!

Así que, frunció el ceño y siguió caminando.

De nuevo el viento, de nuevo se estremeció. Esta vez el viento aulló como un lobo, y de pronto todo a su alrededor cambió.

Los faroles y los postes de luz, los basureros y asientos, las veredas dieron paso a la tierra, los árboles, las hojas secas, un cielo nublado con luna, y una inmensa roca alargada a lo lejos, perfilada por la inmensa luna, que parecía hecha de plata, llena y espectral.

Roxanne dejó caer la bolsa con la mercadería recién comprada y quiso gritar. ¿Dónde se encontraba?, se preguntó asustada. ¿Por qué estaba ahí?, volvió a decirse.

A lo lejos vio entonces, perfilado por el inmenso satélite que alumbraba como si de un sol se tratara, un inmenso lobo de largo y brillante pelaje negro. Los ojos rojos refulgían con ferocidad, y los largos colmillos blancos parecían marfil. Aulló, de tal manera que a Roxanne se le erizó cada vello de la helada piel.

El lobo, terminó de aullar, y el viento se llevó su tétrico canto. Luego, como llamado por algún sonido, miró a Roxanne, y le mostró sus blancos colmillos, hechos para destrozar sin ningún esfuerzo. Mientras que Roxanne, miraba al lobo pegada al suelo, éste separaba las patas para dar un salto sobrenatural en el aire.

Se lanzó sobre ella, y un par de patas negras se posaron con fuerza sobre sus hombros y la hicieron caer sobre las hojas secas y las ramas en el suelo. Un gruñido resonante con un eco terrorífico le sonó delante de la cara, y el lobo negro fijó sus inmensos ojos rojos en los suyos, taladrándolos.

La muchacha quiso gritar.

— ¿Quién eres?—le espetó el inmenso animal, cerrando sus peligrosas fauces cerca de su cara—. ¿De donde vienes? ¡Este no es lugar para husmear niña!

La chica estaba estupefacta. ¡El lobo le hablaba, y por si fuera poco la acribillaba a preguntas! ¡Las cuáles ella no sabía!

Tragó saliva, mientras miraba al lobo boquiabierta. Los blancos y largos colmillos se cerraban cada vez más cerca de su cara, y el corazón le martilleaba dentro dl pecho, haciéndole doler, temiendo que fueran a estallarle las costillas.

— ¡Responde humana!—exclamó el lobo, mientras un gruñido gutural le rasgaba la garganta.

— ¡Quítate de encima!—le dijo la muchacha, mientras que, con fuerza sobrehumana se quitaba al lobo de encima.

El animal sorprendido no opuso ni las más mínima resistencia. La mujer se irguió limpiándose los pantalones y la chaqueta con gesto de enojo, mientras lo miraba con rabia.

El lob, que había quedado tirado de costado, se puso de pie como sus patas, peludas y enormes tuviera resortes en ellas. Gruñó de nuevo, pero esta vez la muchacha no se asustó. Siguió parada en el mismo sitio, con la misma actitud desafiante, el ceño fruncido, las piernas algo abiertas, asegurándose de que el suelo estaba debajo de sus pies, y los ojos, castaños, cargados de ira.

— ¡¿Quién demonios te crees?! ¡¿Leonardo Di Caprio?! ¡Vete lobo! ¡Déjame en paz!

De inmediato el lobo se repuso, mientras que ella avanzaba hacia él. El Licántropo gruñó más fuerte, mientras que ella seguía avanzando. Murmurando insultos e improperios, la muchacha pasó de él, que se volteó, y la miró sorprendido.

Se agachó y cogió la bolsa, con gesto de violencia. Volvió a sacar el chocolate y se lo echó la boca, molesta.

De inmediato, como si la mascada al alimento fuera un aviso, la tierra tembló, y unas líneas rojas la surcaron. Luego, fuego salió de las grietas, y la muchacha cambió su expresión de desafío por sorpresa. Cayó de espaldas, sentada, mirando a la enorme criatura que salía de las entrañas de la tierra rugiendo, y mostrando unos colmillos amarillos de treinta centímetros de largo.

El rugido le perforó los oídos a Roxanne, mientras que el Licántropo se aseguro de que sus patas tocaban siempre suelo, gruñendo y mirando a la bestia con ojos entornados y refulgentes en odio.

— ¡Vaya, pero miren lo que tenemos aquí!—dijo una grave voz, mientras la piel negra del inmenso Dragón brillaba a la luz de la luna llena—. ¡Una humana en estos sitios! ¿Qué haces aquí, indefensa humana?

Si no le respondí al perro, ¿Crees que te diré a ti, lagartija súper desarrollada?

— Si no me contesta a mí, Marvak, ¿Crees que te responderá a ti?—dijo el Lycan, con tono socarrón y burlón.

El dragón abrió sus inmensos ojos amarillos, llenos de hambre. Los inmensos globos oculares del animal brillaron con malicia, y luego dijo, con tono de tristeza mal fingida:

— ¡Fenrir, viejo amigo! ¿Así me tratas después de tantos años?—luego rió burlón—. Pensaba cenarme a tu amiguita primero, pero dicen que la carne de Licántropo es un manjar digno de los dioses. ¿Tú que dices?

El lobo gruñó.

—Aléjate de la humana—le dijo molesto, mientras le gruñía.

— ¡Mi viejo amigo se ha enamorado!—rió—. Pero buen... si quieres… Primero me la ceno a ella.

Soltó luego una risa malvada que hizo temblar la tierra. Recién Roxanne miraba atentamente el inmenso animal.

Era de piel negra, con inmensas escamas que brillaban con un brillo espectral. Los dientes eran larguísimos y amarillos, y los ojos eran ámbar. La pupila alargada en el centro le daba aspecto de asesino, junto con los pinchos que tenía en la cola, y las púas que tenía en la quijada.

Unos cuernos estilizados que seguían la forma de la cabeza, completaban la forma aguzada del cuerpo del animal, que agitaba las inmensas alas de cuero. Las articulaciones se estiraron, dándole aspecto de murciélago, y luego volvieron a encogerse.

Tomó con su mano, helada y de garras largas y afiladas el menudo cuerpo de Roxanne, riendo como barítono. La muchacha golpeaba la dura piel logrando nada más herirse las manos.

— ¡Suéltame, maldita higuana súper desarrollada!—le gritaba—. ¡Maldito reptil! ¡Fenómeno con alas!—exclamaba, mientras se retorcía, enojada—. ¡Déjame ya, fenómeno jurásico!

Fenrir gruñó. Ella no estaba en su sano juicio. ¿Quién, en su “sano juicio”, le diría “lagartija súper desarrollada” a Marvak?

Levantó el labio superior unos centímetros, mostrándole sus colmillos de plata a la oscuridad. Luego, comenzó a correr, mirando fijamente su objetivo. Aulló, y saltó a una roca inmensa, y de ahí, a la mano de Marvak, quién abrió sus ojos inmensos y ambarinos, sorprendido. Fenrir cayó justamente en su antebrazo, y abrió las fauces, luego las cerró alrededor de una parte de la muñeca del inmenso Dragón.

Éste gruñó, mientras golpeaba con su cola con pinchos el suelo. Abrió la mano, y dejó caer a Roxanne, que miró sorprendida el suelo, y un momento después gritó.

Fenrir saltó de la mano de Marvak, hacia abajo, y tomó a la muchacha del cuello de la chaqueta. Frenó su caída, clavando las largas garras en el tronco de un árbol, y de ahí se impulsó al suelo, dejando a la muchacha sentada, y en estado de shock.

Fenrir gruñó a Marvak, que fruncía el ceño y abría y cerraba la mano, furioso. Rugió, perforándole los tímpanos a Roxanne, que se tapó los oídos asustada.

El Lycan a su vez, aulló, sobreponiéndose al rugió del animal, y saltó de nuevo, esta vez directo a su cuello.

Apretó las mandíbulas alrededor del cuello de la bestia, que aulló como un animal herido, y Fenrir se impulso con las cuatro patas hacia atrás. Su cuerpo brilló, y cuando calló al suelo, era un muchacho de unos 20 años, cabello negro, piel blanca, y ojos rojos. Vestía ropas de piel y cuero.

Tomó la mano de Roxanne, y la obligó a correr.

— ¡Vamos, demonios! ¡Corre!—le dijo, mientras salía corriendo a toda velocidad lo más lejos de Marvak posible.

La muchacha, aún estupefacta, comenzó a seguir al muchacho, que corría endemoniadamente rápido. El cabello negro y medianamente largo le volaba detrás del cráneo, y su respiración agitada resonaba.

A lo lejos, se oyó el rugido de Marvak, el Dragón Tenebroso, al reconocer su derrota.

La tierra tembló, y la inmensa silueta brillante del dragón negro desapareció bajo la tierra.

30 minutos después, cuando ya ella no soportaba correr más, Fenrir se detuvo.

Ella lo miró sorprendida, y luego miró hacia el frente. Un inmenso arco antiguo, de esos que parecían de las catedrales, de mármol y con dibujos en bajorrelieve de lunas y soles, brillaba tenuemente. Ella miró al cielo, que en el horizonte tenía una línea amarillenta. Amanecía.

—Vienes del mundo humano, ¿No?—dijo Fenrir, mientras la apuntaba al arco. Se volteó y la miró. Entornó sus ojos rojos, y luego sonrió de medio lado—. Por aquí puedes regresar a casa.

Ella asintió, y avanzó al arco. Por el sitio donde uno pasaba, se veía como una tela. Ella volteó.

—Dime tu nombre—pidió ella, con una sonrisa.

Él enarcó una ceja.

—Fenrir Clarckson—respondió, con tono indiferente—. Ahora dime el tuyo.

—Roxanne Harris—respondió la muchacha, antes de voltearse y pasar por el arco.

El muchacho sonrió. Luego se volteó, saltó, y cayó transformado al suelo.

—Bueno, hice mi buena acción de hoy.

— ¡Diablos, se me ha quedado la bolsa allá!—dijo Roxanne, luego de darse cuenta de que la bolsa no estaba. Cuando volteó, vio las ancas negras alejarse corriendo. Sonrió.

Promesas

Promesas:

Algún día, en mi pasado, alguien me dijo:
"Si vivimos bajo el mismo cielo, somos iguales"

Pero, ¿Eso no significa que si somos iguales, tenemos sentimientos iguales?
Me suena loco, ya que, si somos iguales
deberías amarme como yo te amo a tí.

Pero, sé que aunque pase mucho tiempo,
En que me conozcas y te conozca,
Tú tienes lo tuyo, y no me corresponderás.

Quiero que cumplas tus promesas,
Que aunque parecen de cristal,
Son del más sólido plomo ante mis ojos,
cegados, enamorados.

Esas promesas,
Que recuerdo antes de dormir,
Y me imagino tú voz diciéndome,
que algún día podremos estar juntos,
Canción de cuna,
dulce arrullo.

Promesas de papel,
frágil papiro, débil ante el agua,
Ante mis lágrimas,
Por que tú no me amas.

Quiero ser, entonces, la promesa sin cumplir.

Esas promesas,
que cuando duermo, me hacen volar
Me hacen sentir,
Que espero el día en que América se achique,
y te encuentre un día por la calle.

Y sueño con el día,
En que las fronteras no nos separen, y pueda ver
Por fin tu dulce rostro de niño,
y pueda oír tu arrulladora voz,
Diciéndome que espere.

Pero, aunque eso es un sueño,
Y un deseo, un anhelo,
Sé que tú la quieres a ella,
Y que no esperarás a que eso que tienes,
Se acabe.

Pero quiero que seas feliz,
Por que te amo. Por que te espero,
Espero ver esas promesas hechas plomo, y no cristal.